La Sala de Espera del Cielo.

La mañana amaneció con la noticia del accidente: un tren había descarrilado justo cuando iba a entrar en la estación. Todo apuntaba a que podían haber muerto muchas personas.

Quedé tan impactado que en cuanto pude me tumbé y mentalmente me ofrecí para ayudar a los afectados.

Me imaginé en el vestíbulo de la estación y vi que había unas 15 personas allí. Parecía como si estuvieran esperando pacientemente la salida de su tren.

La Sala de Espera del Cielo.Una voz interior me dijo lo que tenía que hacer y siguiendo sus indicaciones, me fui acercando a esas personas para hacerles sanación, como si aún estuvieran vivos.
Al final siempre aparecía una gran luz blanca que les envolvía y se disolvían en ella con una inmensa expresión de paz en la cara. Poco a poco fui sanando a todas las personas que había en la sala. Con algunos apenas intercambiaba unas palabras, a otros les tenía que tranquilizar asegurándoles que sus seres queridos iban a estar bien a pesar de su marcha. Recuerdo especialmente a una mujer de unos treinta años, que estaba de pie de tras de mi y me miraba con cara de adoración. Me dio la sensación de que creía que yo era Jesucristo, la voz me dijo que no la prestara atención.

Aquella mujer me iba siguiendo mientras yo sanaba al resto de personas y cuando ya no quedaba casi nadie en la sala la voz me dijo: «ahora sánala a ella». Entonces me volví y le sonreí, para ella era como si el propio Jesucristo le mirara a los ojos y le sonriera. ¡Estaba feliz! Alargué mi mano y rocé con mis dedos su frente. Seguramente lo vivió como si hubiese recibido una bendición divina y se desmayó de la emoción, aunque antes de que pudiera caer al suelo la luz blanca la envolvió y desapareció en un estado de éxtasis total. No sé muy bien a dónde fue, pero sin duda es un buen sitio.

Cuando terminé y ya no quedaba nadie más en la sala, me sentía muy bien, con una paz muy profunda y a la vez lleno de vida. Mentalmente dije que estaba dispuesto a seguir ayudando, entonces una de las puertas de la sala se abrió y apareció un hombre de edad indeterminada, entre los 30 y 50 años. Tenía la cara desfigurada por el accidente y un agujero muy grande en la zona del corazón, como si alguna pieza de metal le hubiera atravesado el pecho. Su cuerpo estaba lleno de sangre. Se quedó mirándome fijamente desde la puerta, estaba realmente enfadado. De repente la imagen se congeló y la voz interior preguntó: «¿Estás seguro?». Contesté que sí y la imagen volvió a ponerse en marcha. El hombre avanzó hacia mí con determinación, gesticulando mucho, parecía realmente irritado. Se paró a menos de un metro de mi y empezó a protestar. Creía que yo era un empleado del ferrocarril y decía que la situación era intolerable, que iba a llegar tarde al trabajo, que quería demandar a la compañía… Desde luego no era consciente de su estado físico. La voz me dijo que no le contestara e intuitivamente empecé a sanarle el agujero que tenía en el pecho. Cuando mis dedos entraban en su cuerpo se iluminaban con un brillo rosado, era un espectáculo extraño e hipnótico. Mientras tanto, él seguía protestando: me dijo que se llamaba Eduardo y que me acordaría de él porque iba a presentar una queja de mi. En un determinado momento Eduardo se quedó en silencio mirando hipnotizado el movimiento rítmico de mis dedos dentro de su cuerpo. Como era imposible que esto pudiera suceder en el mundo físico, me miró y con tono de sorpresa preguntó: «Estoy muerto ¿verdad?»

Inmediatamente la escena cambió y Eduardo y yo nos vimos situados en el aire a unos 5 metros sobre el tren siniestrado. Rápidamente se dio cuenta de lo que había sucedido y me preguntó: «¿Puedo ayudar?». Le miré a los ojos y le dije que no se preocupara, que todo estaba bien. La luz blanca le empezó a rodear y a hacerse cada vez más intensa. Su rostro iba serenándose cada vez más, sin embargo permanecía inmóvil sobre el lugar del accidente. Sentí que no podía irse porque el horror que había sentido en el momento de su muerte se lo impedía. Entonces pedí absorber todo ese horror para transmutarlo. La luz que le envolvía se hizo aún más intensa y entonces Eduardo desapareció.

Mientras yo seguía flotando en el aire sobre el tren accidentado, de repente sentí que a varios kilómetros de distancia estaba mi propio cuerpo físico y supe que tenía que gritar para liberar todo el horror que había sentido Eduardo.

Lo cuento tal como lo viví. Mi alma volvió a mi cuerpo y éste saltó en el aire sobre la cama y se colocó boca abajo. Abrí la boca todo lo que pude, clavé mis dientes en la almohada y dejé salir todo el sufrimiento de Eduardo con un grito largo e intenso.

Al acabar me di cuenta de que si no hubiera amortiguado el grito con la almohada mis vecinos seguramente habrían llamado a la policía, pensando que me estaban asesinando de una forma terrible.

Después de esto me sentí muy bien y totalmente en paz… El resto del día seguí con mi vida.