Crónica desde el Otro Lado: 62 muertos al estrellarse un avión en el sur de Rusia.

Las 62 personas que viajaban a bordo de un avión de pasajeros en el sur de Rusia murieron al siniestrarse la aeronave en el segundo intento de aterrizar en el aeropuerto de Rostov el Don, dijeron funcionarios rusos. En la imagen, miembros del cuerpo de emergencias trabajan en el lugar del accidente del Boeing 737-800 Flight FZ981 de Flydubai, en el aeropuerto de Rostov-On-Don, Rusia, el 19 de marzo de 2016. REUTERS/Stringer

Es la noticia que destacan los periódicos de hoy: Un avión al intentar aterrizar con un fuerte viento lateral se estrelló aproximadamente a 200 metros de la pista de aterrizaje.
Al leer la noticia sentí que tenía que acudir a ayudar al rescate de las víctimas. En cuanto me ofrecí, me vi en la pista de aterrizaje, como sí el avión se hubiera estrellado allí mismo. En el aeropuerto caminaban numerosas personas sin rumbo, como perdidas. Me llamó la atención un hombre de unos 40 años que lloraba desconsolado sentado en su maleta. Hablé con él intentando tranquilizarle y como estaba muy nervioso le sugerí que se tumbara sobre la pista. Cuando empecé a hacerle sanación una gran bola de luz nos rodeo a los dos. Mientras yo recomponía las heridas que el accidente le había causado, los dos desprendíamos una luz tan intensa que atrajo a algunas de las almas perdidas que, formaron un círculo a nuestro alrededor y nos miraban con curiosidad. Poco a poco el hombre se fue tranquilizando. Extraje de su abdomen el pánico que había sentido en el momento de su muerte y finalmente él se quedó durmiendo plácidamente sobre la pista. Del grupo que nos rodeaba sé acercó una niña de unos 10 años, rubia y con la piel muy blanca. Muy seria, sin decirme nada, se tumbó al lado del hombre y empecé a hacerle sanación. Mientras trabajaba con ella, mentalmente veía muchos momentos felices de su vida: con sus padres, con su perro, con el que le gustaba jugar y pasear por el campo . . . Enseguida surgió del cielo como un túnel de luz muy blanca y la niña, o más bien su espíritu, fue hacia allí, sonriendo. A continuación se acercó a mí una mujer muy nerviosa, de unos 30 y tantos años, también rubia y con la piel muy blanca. Me miró con cierta desconfianza aunque a pesar de eso se tumbó donde había estado la niña. Con ella el trabajo fue muy intenso porque  había muchas cosas que le ataban al plano físico y se resistía a marcharse. Finalmente también desapareció envuelta en luz. El primer hombre al que había hecho sanación seguía aún tumbado, pero su imagen se iba desvaneciendo y su rostro transmitía mucha paz. Miré alrededor y vi que las pocas personas que aún permanecían en la pista estaban siendo tratadas por otros sanadores. Aunque entendí que mi trabajo ya se había acabado, me ofrecí de apoyo por si alguno de los grupos de ayuda me necesitaban. Entonces me vi en un hangar muy grande en el que se daban mantas térmicas y un caldo caliente a las personas accidentadas para reconfortarlas. Los afectados se difuminaban a medida que iban sanándose del accidente y desaparecían en la luz.
Tras  un rato, mi alma volvió a encajarse en mi cuerpo físico. Mi trabajo había terminado y,  justo después,  empecé a escribir esta crónica.

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.