Una madre impaciente

Rosa acudió a mi consulta porque llevaba mucho tiempo teniendo fuertes jaquecas. Me dijo que estaba triste desde que su marido había fallecido 4 meses atrás y también que su madre había muerto hacía tres años.

Nada más comenzar a hacerle la sanación, vi mentalmente a su madre de pié, situada a mi izquierda. En cuanto notó que podía percibirla empezó a pedirme que le transmitiera mensajes a su hija. Hablaba tan deprisa y con tanta desesperación, que se notaba que le urgía comunicarse con ella. Yo apenas podía entender lo que decía, aunque captaba su angustia: «Dile . . . dile . . . dile . . .»
Como en ese momento no sabía qué hacer, le dije mentalmente que se tranquilizara y le prometí que cuando finalizara la sanación intentaría darle algún mensaje a su hija.

Efectivamente, nada más acabar la sesión reapareció la madre de mi paciente, algo más tranquila, para volver a pedirme comunicarse con Rosa. Tras meditarlo durante unos segundos finalmente acepté y le permití que entrara en mi corazón. Después empecé a hablar, aunque no con mis palabras, sino con las suyas. Yo era plenamente consciente de todo lo que decía, incluso si hubiera querido podía haber «censurado» su dialogo, pero no lo hice. Sentía como si yo también estuviera observando la situación desde fuera. A través de mí, la madre empezó a hablarle a su hija de muchas situaciones que vivieron juntas y también de conversaciones que mi paciente había mantenido mentalmente con su madre tras su muerte. Rosa me miraba boquiabierta mientras me preguntaba: «¿Cómo sabes eso?,
¿ Te he dicho yo eso?».
Le expliqué que no me lo había contado, que simplemente lo sabía y con un gesto de mano le rogué que me permitiera continuar.
Rosa se tapó entonces la cara con las manos y lloró mientras yo seguía transmitiéndole lo que le decía su madre. Al cabo de un rato abrió mucho los ojos y se me quedó mirando fija y atentamente, como si no quisiera perderse ni una palabra. A través de mi, la madre de Rosa le dio muchos mensajes personales, le respondió a preguntas que le había hecho mentalmente después de su muerte, le habló de su nieta, la hija de Rosa, y de cómo había atendido su petición de protegerla, le hablo de tantas cosas…
Yo lo único que tenía que hacer era mirar en mi corazón y dejar salir las palabras que había en él. Cuando ya no quedaban más palabras dentro de mí, vino el marido de Rosa, le dejé entrar y sucedió algo parecido: Habló de situaciones que los dos habían vivido, de conversaciones y de momentos que habían compartido cuando él ya no estaba en su cuerpo físico. Cuando ya no me quedaban más palabras di por finalizada la sesión y Rosa se fue totalmente relajada y transformada, como si estuviera por fin en paz.

Después de esto, Rosa vino varias veces más a mi consulta para tratar su problema de jaqueca. Al cabo de varias sesiones le dije: «Rosa, en nuestra primera sesión pasó algo y nunca hemos vuelto a hablar de ello ¿te acuerdas?». Ella me contestó: «No, solo recuerdo que al final de la sesión tú me hablaste y después yo me sentí muy bien». No hizo ningún comentario, ni me preguntó nada sobre aquel día. Había guardado la experiencia en su inconsciente y prefería no recordarla. En total vino 5 ó 6 sesiones a mi consulta hasta que desapareció su jaqueca.

Esta experiencia me condicionó mucho. Creo que ha sido la única vez que he permitido que el alma de una persona sin cuerpo físico entrara en mi corazón para dar un mensaje a alguien. Como es habitual que vengan a verme personas con este tipo de problemas, a lo largo del tiempo he desarrollado la táctica de decir: «Si tu madre, si tu marido, etc. estuviera aquí te diría . . .» y el mensaje les llega igual.
Otras veces la comunicación sucede más o menos como en la serie de televisión Entre Fantasmas (Ghost Whisperer). Escucho lo que me transmiten las almas, comunico lo que quieren decir a sus seres queridos y al final todos se van reconfortados, porque sienten que existe una conexión real y esa certeza les aporta paz, que es lo importante.

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